El enojo además de causar estragos en el cuerpo y en el alma, alcanza a todos los que estén cerca. Los estallidos de ira y el resentimiento silencioso no se limitan sólo a la persona que los padece.

El espiritu del enojo es muy contagioso, pasa de una persona a otra y de una generación a la siguiente. Los lugares de trabajo pueden convertirse en ambientes tensos, llenos de palabras y actitudes dañinas. La ira convierte a los hogares en campos de batalla y de hostilidad.

Si el enojo no es detenido a tiempo puede convertir a una sociedad en un sistema enfermo y violento. Las sociedades que no resuelven sus enojos pueden terminar siendo comunidades frustradas, agresivas, violentas, deprimidas, presa del pánico. Tal vez en nuestro país ya esté pasando y es por eso que vemos tantas disciones en las calles, en los trabajos, en los hogares y sobre todo en las recurrentes noticias políticas.

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